jueves, 24 de enero de 2008

home


Recuerdo cuando era adolescente y alguno de mis amigos me invitaba a su casa. Ahora me vienen a la cabeza la casa de José Ramón o la de Tamara. Cuando pasaba la noche en casa de mis amigos, mis últimos pensamientos antes de quedarme dormido giraban alrededor de lo chulas que eran esas casas. A veces en penumbra ya, mis ojos recorrían aquellas dependencias con admiración, sin saber por qué me gustaba tanto ese mueble o aquel otro, o por qué se estaba tan a gusto en aquella cama, en aquel dormitorio que tan bonito era comparado con el mío.

Tampoco es que mi casa estuviese tan mal, no sé. No creo que las casas en las que he vivido hayan sido horribles. La idea es más banal, se trata más bien de que yo no creía que mi casa fuese tan guay. Es tan absurdo el adjetivo que sí, se cumple sin lugar a dudas: mi casa no era tan guay. Los pisos donde yo viví se amueblaban de una forma práctica, aprovechando cada cosa al máximo, optimizando un espacio que había que compartir con mucha gente y estirando un dinero que no llegaba para más. Por el contrario, aquellas eran casas en las que los muebles eran nuevos y hacían juego unos con otros, donde había salones y comedores independientes, o cocinas con grandes mesas en las que sentarse a desayunar, o un segundo salón en la planta de arriba (por no hablar de que tenían varias plantas), o buhardillas donde juntarse a estudiar, o patios en los que emborracharse en las noches de verano. No, mi casa no tenía nada de eso.

Ahora miro este piso donde me encuentro y tengo la misma sensación. Es como si estuviese pasando unos días aquí, y me descubro mirando, con la misma admiración que entonces, a este o aquel rincón. Siento la estridencia de mi voz cuando hablo de la zona del comedor y la zona del salón, o me sorprendo al descubrir que tengo ropa que no he doblado sin que por ello me tropiece con ella cada dos por tres. Joder, hasta tengo un espacio para la ropa sin doblar.

Es exactamente la misma sensación: estoy admirando esta casa, una casa alucinante que, sin embargo, no me pertenece. Soy un invitado en esta casa, un extraño que pasea por aquí sin conocer todos los rincones, sin recordar dónde se guarda esto o aquello, sin una rutina por la que no dar cien paseos para llevar a cabo cualquier tarea doméstica. Simplemente me adapto con cierta habilidad a la vida en un piso muy chulo en el que vivo desde hace un tiempo. Pero no, este no es mi hogar. I don’t belong here…

De una forma objetiva, a esta casa le faltan aun muchas cosas para convertirse en un hogar. Aun falta algún mueble, cortinas, un par de lámparas y mucha decoración. Y desde el punto de vista humano, el contador de experiencias vividas en este piso está todavía a cero. Poco se puede sacar de todas las visitas que tengo ahora, porque se tratan en muchas ocasiones de veladas de cierto compromiso en las que mis amigos tampoco encuentran su espacio. Como yo, recorren esta casa y descubren que está realmente bien, pero todavía tienen que adivinar el espacio de esta casa, que también terminará siendo de ellos, en el que se sienten realmente a gusto. Así que estas experiencias que ahora vivo no son todavía tan buenas como las que, sin duda, han de venir.

Me encuentro por tanto ahora en el momento en el que este pisito tan chulo, este sitio que yo tantas veces he envidiado, por ser uno más de todos esos lugares alucinantes en los que yo estaba de paso, se ha de convertir, por no sé qué misterioso proceso, en mi propio hogar. Ahora me toca vivir ese mágico proceso. Este lugar ha de convertirse en mi casa.

Es tan emocionante…

martes, 15 de enero de 2008