viernes, 14 de diciembre de 2007

Traffic


La sociedad en la que vivimos prospera cada día más. Cada día somos capaces de producir más, de tener más beneficios y avanzar más deprisa, especialmente en términos de macroeconomía. Sin embargo, tanta velocidad hace que no podamos dedicarnos a ciertas cosas, algunas las dejamos en el tintero, o tiramos torpemente de ellas, en lugar de preocuparnos de que evolucionen de igual manera que todo lo material, que tanto nos atrae. No parece que la calidad de vida, el bienestar, vaya tan rápido como el vil metal. Ciertas cosas no parece que ni tan siquiera se mantengan como siempre.

Este sistema tan veloz ignora ciertas necesidades que al final nos resultan básicas como seres humanos. Como seres con un alma, diría más bien. Como por ejemplo, la educación de nuestros hijos.

La sociedad que hemos creado exprime tanto nuestro tiempo, que no reserva casi nada para esa labor que tanto necesita de la calma. Tan solo dispone parches que se supone que deben ser equiparables. Un colegio lleno de actividades, en las que los niños forman una masa que impide adivinar al individuo. Un libro lleno de frases modélicas y una película sin demasiada violencia. Todo eso debe ahora suplir a un padre hablando con su hijo. Pero no es así, esos parches no funcionan.

Se necesita ir muy despacio para poder hablar con los niños o los jóvenes, para educar a tu hijo de tal manera que se comunique contigo, para que te hable y te pregunte cosas. Para escucharle, para saber encontrar las preguntas dentro de sus confusas cabecitas. Para hacerlo de una manera armoniosa, sin forzar nada, naturalmente. Pero no hay tiempo.

Esta sociedad deja unos vacíos que están destrozando al individuo. No hay figuras paternales, porque no hay suficiente tiempo, y los niños pasan cada día de unas manos a otras, como una carga más que como una persona, o como un proyecto de persona. Diría también que no hay patrones de conducta, pero me temo que sí los hay; los de competir, luchar a muerte por ser el que más en todo. No se puede ser segundo, el segundo es el primer fracasado.

Los padres, por un lado, no llegan más que a reunir y mezclar unos ingredientes que se suponen que deben ser la educación de sus hijos. Pero sin tiempo para saber cuales de esos ingredientes son buenos o malos; sin libros de recetas ni toques maestros. Y esperan que, al meterlo todo en un microondas (no hay tiempo para pucheros a fuego lento), les salga un hijo más o menos centrado, más o menos coherente y feliz. Pero nadie sabe lo que va a salir de ese potingue, y los que menos, por supuesto, los padres. Ellos con todo su cariño, con toda su pasión paternal, al final no pueden más que trabajar con ingredientes precocinados que, en el mejor de los casos, crearán un plato con un monótono regusto a avecrem. Con un poco de suerte, a lo mejor llegan a crear una nueva pieza útil para esta absurda máquina que es nuestra sociedad. En fin, es muy probable que los padres ni siquiera asistan al resultado final. Llegará un día en que, de repente, los padres no reconozcan a esa persona que lleva tanto tiempo creciendo a su lado. Que levanten la mano los padres que conozcan realmente a sus hijos. Es muy probable que cada mano alzada esté sostenida por un iluso.

Por otro lado, los hijos. Sin brújula, sin objetivos y con millones de dudas que nadie responde. Porque, a medida que creces, te das cuenta de que nada tiene sentido. No sabes por qué tienes que hacer esto o aquello, no entiendes tanta incongruencia, tanta contradicción. ¿Para qué correr tanto? ¿Hay alguna meta al final? ¿Llega un momento en que puedas disfrutar de lo que eres, de lo que has trabajado para convertirte en una persona? Probablemente no. ¿Entonces, para qué ir tan deprisa? ¿No valdrá más la pena detenerse un poco a disfrutar del camino? Pero no, no se puede parar. Si esta sociedad tuviese algún sentido, si nos pudiésemos sentir orgullosos de nuestra forma de vivir. Pero no es así, y cuando empezamos a adivinarlo las dudas crecen, y nadie contesta nada, y cada vez te desanimas más. No hay respuestas.

Hasta que, de repente, aparecen respuestas por todos lados. Muchos, muchísimos sistemas para encontrar respuestas rápidas, sencillas, completas, congruentes. No veas si tienen respuestas las drogas. Yo solo frecuento los canutos, y creo haber visto la realidad absoluta tantas veces… Joder, que si tienen respuestas. Cuando eres joven necesitas tanto las drogas como las respuestas, porque unas son las únicas que disponen de las otras. Y, al fin y al cabo, ves a todo el mundo drogándose. Todo el mundo, todos los modelos en que se fijan los jóvenes lo hacen. ¿Cuántos padres, cuántos famosos, cuantos iconos hay en nuestras vidas que, como poco, fumen, beban, tomen café, que se pongan de Prozac o Valium? ¿Todos? La diferencia entre todas esas drogas y las que les llegan a los jóvenes está en la gravedad, en la cantidad. Es una cuestión de “cuánto”, de en qué grado les va a afectar. Y para empezar, esa diferencia ya es delicada y conflictiva (drogas duras o blandas, legales o ilegales… ¿dónde está la frontera?) Y para seguir, los niños o los jóvenes no entienden eso. No entienden de grados, de niveles, de dónde tienen que parar (Joder, no lo entienden ni los mayores). Sin tener ni idea de eso, ya han empezado. Ya están dentro.

¿Y ahora qué hacemos? ¿A quién culpamos? ¿A los padres? ¿A los productores? ¿A los traficantes? ¿A la policía? Ahora ya no culpes a nadie, por favor. Encima no seamos hipócritas. No nos va a servir de nada. Ahora ya no hay nada que hacer.

Respondamos las preguntas de nuestros hijos, aprendamos a hablar con ellos, con paciencia. Que nunca dejen de preguntarnos por qué, que no se nos acabe el tiempo ni la paciencia para contestarles. Que no tengan que buscar las respuestas rápidas.

Tanta evolución, tanta prosperidad, tanta velocidad nos está matando. Nuestra evolución no es más que nuestra autodestrucción. Cambiemos nuestra sociedad. Cambiémonos a nosotros mismos, debemos tener tiempo para cuidarnos. Para cuidar de nuestros hijos.

Si tengo que elegir, me quedo con el personaje de Benicio del Toro en Traffic, viendo el partido de béisbol de unos críos. A lo mejor, para su personaje, ese deporte es algo tradicional, a lo que siempre se ha jugado en sus calles, como aquí se juega al fútbol. Pero yo prefiero mi punto de vista. El béisbol es muy lento, muy aburrido para verlo. Tiene un tempo muy peculiar, con muchas pausas, sin un reloj que se mueva.

Y ahí está él, el tipo más duro de todo Nuevo Méjico. En las gradas como uno más, simplemente viéndoles crecer. Eso es justo lo que ellos necesitan. Sin prisas.

lunes, 29 de octubre de 2007

Definiendo a los hermanos

Es la parte más oscura del pop. Lo más ligerito del tecno. Una cosa así. Creo que ahora sí estoy de acuerdo en que se le puede llamar pop. Pero la parte más siniestra del pop. Algo así como el pop más satánico.

Llegan los grupos de britaniquitos y hacen una musiquita bastante rocanrolera, con mucho guitarreo, mucha batería y los gritos de unos niñatos soltando toda la energía propia de su edad. Todo muy guay. Y sí, a eso se le puede llamar pop. Y no digo lo de niñatos en un sentido estrictamente despectivo. Creo que esa palabra tan solo define una etapa de la vida bastante concreta, algo así como el fin de la pubertad, definida por muchísimos errores e incongruencias, pero también por la más fuerte presencia de unos sueños muy poderosos, de la más emotiva sensación de amistad, amor, ilusión, energía, fuerza. Terminan ya los dieciocho, diecinueve y los veinte hacen acto de presencia y cuando sacan todo eso fuera, se llenan de orgullo gritándole al mundo que pasan de él, que no están satisfechos, que todos se equivocan y que ellos lo saben, que pasan de las normas, que han descubierto toda esta oscura farsa… eso desemboca en un puñado de canciones con las que brincar y dos o tres más suaves en las que muestran, a veces con una genialidad pasmosa, sus más profundos sentimientos sobre el amor, la soledad, la amistad…

Supongo que sí, que el esquema es el mismo. Por eso se le puede llamar pop. Sin embargo, siento que esta música tiene más cosas.

La música de grupos como Blur, Oasis, Garvage, Pulp o The verve terminan resultando el eterno cliché de “lo que un grupo hace cuando está empezando”. Lo mismo que más actualmente están haciendo Franz Ferdinand, Muse, Artic monkeys… Es lo mismo. Y creo que toda esa música adolece de lo mismo, de una notable falta de referencias, de una experiencia previa que provoque un avance. Todo es nuevo, sí. Todo es fresco y hay muchísimas genialidades, sin lugar a dudas. Y adolecen de algo que probablemente no necesitan, que es una revisión de lo existente y una experiencia previa.

A mi me da la sensación de que esta música también es pop, pero sí que tiene toda esa experiencia detrás.

Pienso que quizás todo empezó con los mods, con el rollo Quadrophenia y todo eso; una estética definidísima y un sonido oscuro pero con mucha clase. Eso evolucionó en el sonido Manchester, en Joy Divison o New Order, y más adelante en The Cure o Depeche Mode. Todo aquello fue la semilla de infinitas corrientes actuales naciendo de una matriz muy pequeña, muy concreta en un momento histórico y un lugar geográfico muy preciso.

Y después llegó la electrónica y cuando se topó con todo eso, esto es lo que nació.

Esa es la diferencia, Esta música parece una evolución, es la enésima derivada de algo, y eso lo diferencia de un bloque gigantesco de la música que suena. Muy fresca, muy acorde con la situación actual, pero quizás de nuevo demasiado improvisada, quizás demasiado ajena a lo que ya se conoce.

Esto es más como Gnarls Barkley por ejemplo. Un grupo totalmente distinto a los demás, dado que toda su música tiene una base previa tremenda: es la evolución del soul, del funky, del jazz. El salto de esos sonidos a “otra cosa”. Ese es el matiz que les diferencia de los demás y que les convierte en geniales.

Esta idea parece de una incongruencia total: lo que hace que esta música sea distinta es que se parece a la música de épocas anteriores, no como el resto de la música, que está muy estereotipada porque es original. Pues sí, eso es más o menos lo que quiero decir. Y aunque está claro que estoy haciendo dos grupos, no por ello quiero que parezca que uno me parece “el bueno” y otro “el despreciable”. Ambos son igual de buenos y de maravillosos. Y creo ambos conmueven y satisfacen con la misma intensidad. Lo nuevo es necesario y las revisiones también.

Sin embargo, si hago recuento de los sonidos que más me han conmovido últimamente, creo que yo ahora mismo estoy más en el momento de “las revisiones”. Tantos son los grupos que vienen a liberarnos, son tantos lo que pretenden desenmascarar todas las miserias del universo y ofrecer a cambio el paraíso, que yo ya me he cansado de eso. “Aquí llega el enésimo grupo revelación, con el enésimo single apabullante a decirme que cualquier tiempo pasado fue peor”. De un tiempo a esta parte, todos estos grupos me dejan congelado, mientras que me derrito irrevocablemente con gente como The go! Team y su imposible revisión del sonido Motown; o con Matisyahu, perfectamente definido por un amigo como el Bob Marley del siglo XXI; o con Amy Winehouse, con ese increíble sonido soul tan reconocible y tan maravilloso; o con Sigur Ros, ese grupo sin definición posible y que parece responder a un choque frontal entre la música clásica y el rock más salvaje; o (quedándome un pelín más corto) con Triángulo de amor bizarro, con ese toque de salvajismo tan punky, tan conocido y de nuevo tan fresco; o con Fangoria y la única digna evolución de la música española de los ochenta.

Y entre todos esos grupos, ellos fueron los primeros a los que conocí. Nunca inventaron nada. Probablemente sería injusto tildarles de genios. Pero sí, como todos los anteriores (o como Björk, Daft Punk, Mogway, o los ya citados Gnarls Barkley…) ellos decidieron que este mundo no sería maravilloso, que quizás estábamos atrapados en un momento en el que todo ya estaba inventado. Pero quizás también decidieron que, si se retocaba todo un poquito, con algún mínimo ajuste, que si se mezclaba todo en una coctelera con cierta gracia, quizás este mundo tan difícil sería un buen lugar donde vivir. Como un viejo sofá desvencijado que cubres con una manta y en el que uno tan cómodo se encuentra. No es una idea demasiado revolucionaria, pero sin duda buscan el objetivo más ambicioso: la sencilla felicidad.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Lost in Translation


La tristeza más bella que jamás he sentido

lunes, 17 de septiembre de 2007

Medallas

El otro día, una gran amiga me hizo ver un momento en que yo la fallé. Ni siquiera fue un reproche, tan solo me explicó lo que sintió en ese instante en que tanto me necesitó y en el que yo no estuve. Yo no respondí a su llamada.

No sé, uno suele estar conforme con su forma de ser. Generalizando un poco, creo que a la gente no termina de convencernos nuestra vida, pero sí nos convence nuestra propia actitud, nuestra forma de ser. Al fin y al cabo, creemos que nuestra forma de actuar es algo que controlamos a diario a través de las decisiones que tomamos, y como somos nosotros quienes las tomamos, pues estamos conformes. Luego, todo lo que no nos gusta pasamos a meterlo en el cajón que denominamos “nuestra vida” ese ente sin forma que nos atropella por la calle sin que podamos remediarlo. De tal forma que pensamos que “nuestra vida” podría mejorar, que podría atropellarnos un poco más flojito, un poco menos de improviso, con alguna situación un poquito mejor. Pero solemos sentirnos satisfechos con lo que nosotros mismos somos.

Hasta que de repente te das cuenta de que tu forma de ser no ha sido lo suficientemente buena. Ha sido tu forma de ser la que ha fallado. Y todas esas absurdas creencias que nos ayudan a estar bien se desmoronan por completo.

En fin, no quiero ser demasiado tremendista, estoy describiendo una situación que tampoco ha sido tan grave, y ahora no me siento hundido por este error que he cometido. Mi amiga me dijo un montón de cosas que me resultaron bastante duras, pero como conclusión solo puedo pensar que siente un cariño tremendo hacia mi. Si piensa que soy tal y como me contó, creo que permite que siga a su lado por lo mucho que me quiere a pesar de todo. Y sé que me quiere mucho. Además, la pedí perdón por aquel terrible descuido y aceptó mis disculpas de corazón.

Tan solo quiero expresar lo importante que es que no nos despistemos, que sigamos alimentando todo este lado tan genial de nuestra forma de ser cada día, en cada momento. Lo buenos que somos no es una medalla que nos ponen en el pecho y que podemos lucir de por vida. Debemos cultivar todo eso por lo que nos creemos tan buenos. No debemos dejar de mostrar todo nuestro buen hacer ni un instante, para que nuestros seres queridos nunca dejen de sentirse arropados por nosotros. Se lo debemos.

Gracia por la lección que me has dado, niña. Creo que la he comprendido bien. Ahora quiero esforzarme de verdad para que esto no vuelva a pasar. Esto me va a hacer reaccionar para convertirme en una persona mejor. Y eso va a servir para que no vuelva a fallarte. Voy a mejorar para ti; voy a mejorar para vosotros. Os lo debo.
Voy a mejorar para mí. Me lo debo.

el bufón

Siempre he pensado que existen dos tipos de personas: las que adoran las canciones de Sabina y las que aún no le han descubierto.

Sabina no es más que un trovador, un bufón, un cretino. Su figura provoca más desprecio que admiración, la verdad. No siento mucha simpatía hacia él como persona, ni fuerzas suficientes como para convencer a nadie de que ese tipo valga la pena.

Pero otra cosa son sus canciones.

Las canciones de Sabina te desgarran, son como una repentina puñalada en el pecho, profunda y mortal; practicada con un cuchillo enorme, romo y oxidado. De repente te miras el pecho y con sorpresa descubres cuánto dolor estás sintiendo. Las canciones de Sabina son la más nítida verdad puesta en crudo ante tus ojos, regurgitada y escupida directamente a tu cara para ruborizarte, para que sientas vergüenza, dolor, alegría, angustia, felicidad, añoranza u orgullo. Para que sientas, simplemente, lo que tú mismo te provocas.

Lo más alucinante de las canciones de Sabina es cuando descubres que hablan de ti, cuando te das cuenta de que están narrando, con increíble nitidez, todo lo que a ti te está pasando. No lo que le pasa a ese bufón; es imposible que ese cretino haya vivido todas esas cosas. Porque tú sabes fehacientemente que todo eso es solo tuyo.

Si escuchas calle melancolía, te darás cuenta de que habla de aquel día en que te sentiste tan solo, aquel día en que descubriste que solo te tenías a ti mismo paseando por entre tus miserias y echaste tanto de menos a todos los demás. Y en especial la añoraste a ella, esa que ya no habría de volver y que tanta alegría te daba.

Si escuchas el rock n’ roll de los idiotas, descubrirás que habla de aquel día en que fuiste completamente feliz. Aquel día en que descubriste cómo era la felicidad de verdad. No esa felicidad irreal que muestran las series americanas, esas que se empeñan en inculcarnos a base de estúpidas moralinas por capítulos. No esa felicidad, sino la real, la felicidad con arrugas, miserias y cicatrices. La felicidad que viviste junto a aquella chica, cuando los dos os concedisteis una noche simplemente perfecta, a pesar de que todo lo que los dos llevabais vivido os invitaba a perder la esperanza, a pesar de que no tuvieseis nada claro que aquello fuese a funcionar. Simplemente cada uno se apoyó en el hombro del otro y se permitió soñar. Y los dos fuisteis tan felices que no tuvisteis por menos que poneros a bailar.

Si escuchas pongamos que hablo de Madrid, descubrirás que habla de aquella tarde en que estabas en la acera bajo la lluvia, cansado, aturdido por tanto tráfico, tanto ruido, tanta gente. Entonces, en un acto inconsciente, miraste por encima de todo aquello y viste la ciudad. Y sin saber muy bien por qué, ante tanta hostilidad te sentiste como en casa. Si la escuchas podrás sentir que la letra es todo aquello que odias de Madrid. Pero también descubrirás que esa letra está íntimamente ligada a una guitarra y un bajo que te acoge, te acurruca y te reconforta. Esa letra no puede separarse de una percusión que marca el ritmo de tu vida, de tu propio pulso. Todo tan contradictorio como una droga que te da tanta vida como la que te quita. Pongamos que hablo de Madrid.

Si escuchas ahora que… descubrirás que habla de ese día en que sentiste que ya no eras tan joven, en que te diste cuenta de que habías madurado y que te estabas haciendo mayor. Y sí, sentiste un poco de vértigo ante esa realidad, pero la que te invadió fue una sensación de orgullo, de integridad. Te miraste en el espejo y el tipo que viste te gustaba. Se te veían las arrugas, se te notaban las batallas, tus ojos ya no mostraban tanta inocencia. Se te veía frágil, se te veía débil. Y, aun así, te encantaste.

Si escuchas quién me ha robado el mes de abril, descubrirás que justo era eso lo que querías gritar aquella vez en que se te hizo un nudo en la garganta y de repente ya no pudiste gritar nada. Aquella vez en que todo se puso en contra tuya, y la vida decidió darte una mala noticia detrás de otra. Y ahí quedaste tú, cobijado en tu sofá sin saber muy bien por donde seguir. Si hubieses tenido fuerzas suficientes, habrías cantado esta canción.

Si escuchas los perros del amanecer, te sorprenderás al descubrir que aquella noche había alguien que te observaba. Alguien tuvo que leerte el pensamiento aquella noche en que, no contaremos por qué, tú anduviste rondando por ahí, rodeado de personas que arrastraban historias trágicas, peligrosas, miserables. Tú caminabas rápido tratando de llegar a casa, pero tienes que admitir que aquel ambiente nocturno en el fondo te atrajo muchísimo. No negarás que miraste a los ojos de todo aquel con el que te cruzaste y todos ellos te resultaron fascinantes. Vale, tú no pertenecías a nada de eso, y no tenías intención de quedarte allí ni un minuto más de la cuenta. Pero aquella noche sentiste una atracción por todo aquello que aun no has olvidado. No lo niegues, está escrito.

Cuídate mucho de escuchar ruido. Puede que no estés preparado para volver a sentir toda esa violencia, esa desesperación, toda la paranoia que inundó tu cabeza en el momento en que todo acabó. Parecía imposible que algo tan bonito terminara. Pero terminó. Ella se fue y así tenía que ser. El fin había llegado y el momento fue tan doloroso que tu tan solo puedes recordar un zumbido sordo. Si crees que puedes descubrir qué es lo que pasó exactamente, escúchala. Pero asegúrate de estar preparado, si no te dolerá demasiado.

Más de cien mentiras es un muestrario de todas las excusas que alguna vez has utilizado. Casi avergonzado, vas a escuchar la cantidad de pretextos que empleas cada día para levantarte y andar, para ir por la calle y mostrar una sonrisa. Y lo mejor es que todos esos pretextos te van a parecer totalmente lícitos, te vas a sentir orgulloso de haberlos descubierto y haberlos utilizado. Y te animarás a seguir haciéndolo por muchos años.

Escucha a la orilla de la chimenea y te darás cuenta de todo lo que estás deseando decirla. No sabes muy bien por qué, pero lo cierto es que la quieres, la amas de verdad. Finalmente, sabes lo que es estar totalmente enamorado. Escucha en esta canción todo lo que serías capaz de hacer por ella.

Amor se llama el juego no te va a enseñar nada nuevo. En realidad tú buscas respuestas a algo que te duele mucho. Pero esta canción no responde. Tan solo te muestra el amargor que sientes cada vez que descubres que algo se está acabando. Nadie sabe por qué, nadie puede comprender tanta injusticia y tanta tristeza. Pero es inevitable, se acabó el amor y ahora solo queda la nada. Ahora solo resta llorar.

Así estoy yo sin ti te explica lo que le pasaba a tu cabeza aquel día en que no entendías nada. Tu hacías un montón de cosas que no terminaban de tener sentido, te enfadabas, refunfuñabas, te desesperabas, llorabas, gritabas… Y al final comprendiste que todo era porque ella no estaba. Esta canción gasta su estribillo en recordártelo.

Amores eternos te pide que no menosprecies las cosas pequeñas que te han pasado. Te recuerda que lo de aquella chica no fue de cuento de hadas, vale. Que se acabó y, pasado el tiempo, todo fue mejor para ti. Pero te recuerda que todo lo que sentiste fue muy grande, que durante aquel tiempo sentiste cosas tan fuertes como las que solo tendrían lugar en toda una vida. Aunque, a decir verdad, a lo mejor tú no estás preparado para recordar todo esto. Puede que te duela demasiado recordarla, que estés mejor habiéndola olvidado. Tan poca cosa y te dio tanto. Es tu vida, así que tú decides.

Princesa cuenta por ti todo lo que tú no debes decir. Tú tienes suficiente estilo como para olvidar y punto. Pero si fueses un poco más malo, te acercarías a esa chica tan solo para decirla eso. Para reprocharla lo mal que lo pasaste a su lado y avisarla de que ya te has desenganchado de ella, que ya te hizo suficiente daño y que ya no has de volver. La canción lo dice por ti, porque tú no lo dirás. Sin embargo, no hay nada malo en que tú, simplemente, la tararees de vez en cuando.

Caballo de cartón desvela el secreto que tenéis tu chica y tú. Los dos os sentís abrumados por tanta hostilidad, por la guerra que os toca vivir a los dos cada día. Y sin embargo, los dos aguantáis gracias a eso que los dos sabéis. Porque, por mucho que todo el mundo os presione, al final os tenéis el uno al otro. Al final del día os acurrucaréis el uno contra el otro y nadie entonces os vencerá. Y todo volverá a tener sentido.

Contigo habla de lo que tú entiendes por amor. Hay tantos clichés inútiles al respecto. Tantas veces nos tratan de agobiar con cómo deben ser las cosas. Pero a ti todas esas ideas preconcebidas no te importan en absoluto. Tú sabes lo que te interesa y lo que te resbala. Si alguna vez tuvieses que explicar cuál es tu idea, lo harías como en esta canción.

Aves de paso te revuelve las tripas por dos motivos. El primero, porque desvela con increíble crudeza lo mal que te has portado tantas veces. Te pasas el día convenciéndote de que eres una buena persona, y para ello te olvidas de esas ocasiones en las que has hecho tanto daño. Tantas chicas lloraron por ti. Por lo menos con esta canción las estás pidiendo perdón, por lo menos con ella demuestras que no eres tan malo porque al menos todavía las recuerdas, aunque sea solo un poquito. El otro motivo por el que esta canción te duele, es porque te desvela que en el fondo tú también has sido un ave de paso alguna vez. Llevabas un montón de tiempo pensando que esta o aquella eran unas mujeres terribles por lo mal que te lo hicieron pasar. Y ahora resulta que no son malas, ni tan siquiera son peores que tú. Tan solo te utilizaron para seguir con su vida, igual que tú has hecho tantas veces. La verdad acostumbra a hacer mucho daño. Aunque, si pasa el tiempo suficiente, la cosa no es tan grave.

Y sin embargo habla de ese día en que te sentiste tan cabrón. Joder, tu sabes que la quieres de verdad, que es imposible necesitar tanto a alguien como tú la necesitas. Y sin embargo, de vez en cuando sientes que realmente deseas otras cosas, que te mueres por estar con otras. Y sin embargo, nunca lo harías, porque sería imposible que la hicieses tanto daño para nada, tanto remordimiento sería insoportable. Y sin embargo de vez en cuando lo piensas y sabes que podrías llegar a hacerlo… tan solo no pensar durante un instante, y ya está. Y sin embargo te sientes un miserable solo porque la idea te ronde el cerebro. Y sin embargo…

Sabina no es un tío demasiado especial. No importa demasiado que le conozcas o no; yo creo que es un tipo bastante prescindible. Pero yo te estoy hablando de ti mismo, y eso sí que interesa. No dejes que el cretino te impida conocerte. Échale valor, escucha sus cancines y descubre quién eres.

miércoles, 8 de agosto de 2007

martes, 17 de julio de 2007

Alucinación

Caminaba por la Gran Vía un sábado al atardecer, sobre las 20:30 en el mes de mayo, cuando los días eran eternos y todavía había bastante claridad. La acera estaba atestada de gente: muchos que terminaban sus compras, muchos inmigrantes paseando, muchos jóvenes que habían quedado para salir, gente que iba al cine o a cenar, chulos, modernillos, guaperas, putas, turistas extranjeros…

Él caminaba un poco aturdido porque acababa de salir de casa de una amiga, de una situación totalmente tranquila a, de repente, toda esa marabunta de gente a su alrededor. Además, iba bastante fumado, y todo lo que veía le resultaba muy intrigante, alucinante, divertido. Así que se despreocupó un poco por ese aturdimiento, y se dedicó a disfrutar del efecto de los canutos, mirándolo todo y dejando que sus pensamientos fluyesen a partir de lo que veía.

Antes de llegar a la boca del metro había un paso de cebra. Mientras la masa de personas apenas había cruzado la mitad de la calzada, un anciano se adelantaba a todos ellos, deslizándose disparado con sus patines. Vestía unos pantalones de pinza grises, una camisa azul de manga corta y una gorra como la de un carpintero trabajando en su taller. Esa vestimenta y unos patines en línea negros con los que, al llegar a la acera, dio un hábil giro y se quedó mirando al resto de gente que cruzaba la calle. A continuación, el señor volvió la cabeza para seguir deslizándose en dirección a Callao, antes de pasar justo a su lado.

Un señor tan mayor patinando por la calle, y con esa pinta… En fin, estaba en la Gran Vía y por allí seguro que eso no era lo más extraño que se había visto. Pero no, en realidad no había explicación lógica para que un ancianito hubiese decidido lanzarse al mundo del patinaje callejero… Estaba viendo algo raro.

¿Lo estaba viendo?

De repente, el torrente de personas que caminaba junto a él por la acera se entrelazó caóticamente con los que ya terminaban de cruzar la calle. Entonces ya no quedaba más que una amalgama de personas donde hace tan solo un instante él fijaba la vista en un señor muy raro. Acaso tan raro que no hubiese existido nunca más que en su propia cabeza. Si en ese instante hubiese intentado volver a verle, habría sido imposible con tanta gente. Si hubiese preguntado a cualquiera de los que le rodeaban, tal vez nadie le habría visto. Quizás solo él. A lo mejor solo le había visto él. A lo mejor cuando fumaba porros y se bajaba a pasear por la Gran Vía, a lo mejor cuando conseguía relajarse y disfrutar de los porros, su alucinación consistía en ancianos deslizándose gráciles con sus patines en línea…

lunes, 9 de julio de 2007

una noche en el infierno

Parte del set de una noche cualquiera en la Razzmatazz:

Ramones

Los Planetas: Cumpleaños total

CSS

Pearl Jam

Dorian: A cualquier otra parte

Daft punk: versión increible de Around the world

Depeche Mode: versión increíble de Jhonny Revelator

Blur: Boys and girls

Tv on the radio: Wolf like me

Cierre de la sesión con The Pinker Tones y su Sonido Total (“sonidooo en el espacio, silencio en mi cabeza, rugido intergaláctico…”)

Una noche sencillamente increíble.

El final desde el principio

Hacía ya un rato que habían terminado de hacer el amor. Él estaba tumbado en la cama y casi había conseguido recuperar la respiración. Ella yacía a su lado boca arriba, totalmente relajada y a punto de caer dormida. Estaba a su derecha, aunque después, otras tantas veces, hubieran dormido al revés. Así dormían ella y él.

Entonces él se lo dijo. En realidad no quería que ella lo oyese, tan solo necesitaba decirlo, sacarlo de su garganta. Y estaba casi seguro de que ella dormía ya, así que lo dijo. Lo cierto es que no se atrevía a hacerlo porque pensaba que no era el momento adecuado, que era demasiado pronto todavía. Pero ella dormía y él necesitaba decirlo:

-Te quiero.

Es posible que ella sí estuviese dormida y que fuesen sus palabras las que la despertaron, aunque él habló bastante bajito. Pero ella estaba allí, tumbada a su lado, tan cerca, tan relajada. Entonces aquellas palabras flotaron tan solo un instante más por el aire hasta que se desvanecieron totalmente entre los rincones más oscuros y la habitación pasó a quedar totalmente en calma. Ni tan siquiera se oían sus respiraciones. Así que él se quedó inmóvil, tranquilo, tan solo escuchando todo aquel silencio y notando como poco a poco el sueño le vencía y quedaba en paz, satisfecho, feliz. Entonces, ya casi entre sueños, justo un instante antes de dormirse del todo, escuchó la voz de ella, suave, quebrada, dulce, susurrante:

-Te quiero.

En la ciudad

Lo que más reconocía eran los silencios. No oír nada, no decir nada, porque todo lo que estaba pasando era interior, todo estaba en la cabeza. Escenas calmadas, con personajes tranquilos. Aparentemente tranquilos, porque dentro de sus cuerpos había una tormenta continua. Una jodida montaña rusa que no terminaba de ser tan emocionante como aterradora, desesperante. Porque no terminaba.

También reconocía las miradas. Tus ojos vigilan como se termina de cerrar el frasco de desodorante. Calculas con cuidado la separación entre tus dedos y el cuchillo que pica la cebolla. Prestas una completa atención al recorrido de la esponja por todo tu cuerpo. Y sin embargo no ves nada. Hay días en que sales de casa y no recuerdas ni un solo instante de la ducha que acabas de tomar. Tu panza demuestra que has comido algo, y los cacharros te dicen que has estado trasteando en la cocina. Pero no recuerdas nada. Mientras tú hacías todas esas cosas, tu cabeza ha estado viajando a doscientos por hora a través de tantas cosas. Millones de paranoias que no deberán salir jamás de tu cabeza, y que en realidad son tu vida. Porque en realidad no tienes otra vida. Si eliminas todas esas miserias, te queda un frasco de desodorante, un cuchillo y una esponja.

Entonces se sintió como uno de los personajes de la película. Había pasado a llamarles personajes desechables. Aparecen en ciertas secuencias, pero no llegas a conocerles demasiado. No conviene, porque al final no forman parte de la historia, sino que son comodines para otras historias más importantes, y nadie debería preocuparse de si ese personaje es o no feliz, de si le rechazan cruelmente o le abandonan sin mayores miramientos. El objetivo no es que te preocupes por ellos, sino que completen la vida de otro personaje, el personaje principal. Un personaje que, curiosamente, tiene una vida tan llena que está a punto de reventar. Mientras que el personaje desechable tiene abismos oscuros que a nadie preocupan.

El tío se encontraba con ella en la cafetería a la hora del desayuno. La invitaba a ir a la ópera un día cualquiera y ella le decía que no. Que no porque no. No se esforzaba mucho más en dar cualquier tipo de excusa: ella estaba ocupada siempre; no iba a tener tiempo para quedar con él nunca. En realidad pensaba que eso era algo que, al fin y al cabo, la terminaba honrando: lo de las excusas es aun más doloroso.

¿Cuánto tiempo tenía que estar bajo la ducha para limpiar lo podrido que estaba por dentro? ¿Cuántas veces debía pasarse la esponja por todo su cuerpo?

Como pensamiento positivo, recordó que al final ella sí que accedía a ir con él a la ópera. De hecho empezaban a salir, y él incluso estaba a punto de presentarle a su hermano.

Para que siguiese siendo un pensamiento positivo, prefirió no recordar cómo seguía la película.

Entonces hizo que sus ojos se dirijiesen hacia la pantalla de la tele.

lunes, 25 de junio de 2007

El camino

La otra noche salí con unos amigos, y después de mucho divagar, terminé soltando una idea acerca del sentido de la vida. Una crítica a nadie en particular (si a caso a mí mismo) sobre lo devaluados que están en la actualidad los ideales. Está bastante claro que el socialismo o la izquierda no está funcionando. Y como resulta que muchas de las utopías básicas se relacionan con esas tendencias, se están viendo descartadas ante el devastador capitalismo, la cultura de la lucha constante de todos contra todos, y la política del todo vale por dinero.

Y ahí aparecí yo con mi filosofía barata, preguntando si no deberíamos pararnos de vez en cuando a pensar qué sentido tiene todo.

No quiero parecer yo ahora un Mesías ante nadie, y tengo muy claro que es una realidad palpable qué ideas no han funcionado, y cuales perduran, al menos de momento. Es tan solo que me gustaría plantear si no es conveniente revisar el por qué de nuestras acciones de vez en cuando. Porque no creo que nadie haga las cosas tan solo por dinero. Creo más bien que, sin darnos cuenta, nos olvidamos de los objetivos que buscamos, y nos desviamos a caminos que nos llevan a la infelicidad.

Por eso, creo que es una buena idea tener un directriz en la vida, que por supuesto no seguiríamos estrictamente, pero a la que intentaríamos acercarnos tanto como fuese posible. Es cierto que no es cómodo ni divertido el ejercicio de comprobar de vez en cuando cuan lejos estás de tu camino. Pero más incómodo es, como nos pasa en la actualidad, llegar a ciertos puntos en nuestras vidas, y de repente no saber por qué estamos ahí, de dónde venimos, a dónde vamos, y si realmente queremos ir hacia allá. Para ser dueños de nosotros mismos no podemos abandonarnos tanto.

Es tan solo saber por qué hacemos cada cosa.

Desde luego más abandonado que yo, nadie. Pero si tuviese suficientes fuerzas, mis directrices serían: respeto por el entorno, respeto por los seres vivos, respeto por los seres humanos, la felicidad, el cariño y la ilusión. Algunos son complementarios, y otros contradictorios, por lo que no es fácil mantener un equilibrio con todos. Pero bueno, ahí está la gracia, ¿no? Además, desviarse un poco de ese camino sería la prueba más fehaciente y esperanzadora de que, por lo menos, el camino existe.

Todos ellos podrán resumirse en uno solo: ¡Sexo, drogas y Rock n’ Roll!

miércoles, 20 de junio de 2007

La Caja del diablo

La caja del diablo es el título de una canción de Los Planetas que me encanta. Pienso que es una de las pocas canciones con un montón de distorsión que me gusta, y creo que es porque el ritmo no llega a perderse nunca, a pesar de los 8 ó 9 minutos que dura. Un inicio tan progresivo, desde la nada más absoluta hasta toda esa carga de ruido... Y esa batería siempre ahí, tan bestia flotando sobre todo lo demás... es alucinante.

Los Planetas son expertos, atendiendo a sus letras, en todo tipo de drogas. De hecho esta canción habla de un tío que se come una pastilla (creo que es eso) y que se queda dormido. Entonces describe detalladamente la pesadilla que tiene a continuación, mezcla de paranoia, sinsentido y puro terror.

No sé, todas esas sensaciones son verdaderamente desagradables, y a nadie le gusta tenerlas. Pero no puedo imaginar que yo no las hubiese tenido nunca, que me las hubiese perdido. Sería tan terrible. Es como si te faltara algo, como si te hubieses perdido una parte de tu vida. Imagina que de repente no hubieses vivido la pubertad, que esa parte de tu vida no haya existido, y tampoco nada de lo que viviste entonces. Me parece un poco lo mismo. Y creo que es un buen ejemplo, porque, por muy buena que sea esa época (que lo es), el que recuerde la pubertad tan solo con añoranza y ternura es porque no se acuerda de lo mal que se pasa en esos momentos, la cantidad de dudas que rondan tu cabeza y la cantidad de dramas que oscurecen tus días…

Pero la pubertad está bien. Sobre todo porque se pasa, tu cuerpo deja de cambiar a diario y tu cabeza está más receptiva para todo lo que te tiene que pasar después.

En fin, creo que las paranoias, las pesadillas que uno vive dormido o despierto son algo muy desagradable que, al final, tienen que formar parte de tus recuerdos, que es necesario vivir aunque solo sea para saber que estás vivo. Por mucho que uno quiera ser una persona lúcida y estable, tendrá que saber qué es tener la mente nublada, tendrá que desestabilizarse de vez en cuando, ¿no? Nadie puede montar bien en bici sin haberse caído alguna vez. Todo el que disfruta de las películas de miedo, es porque pasa un miedo aterrador viéndolas. No digo tanto que se tengan que buscar esas sensaciones, como que uno no debería esquivarlas tanto. Es de gilipollas andar metiéndose en los charcos, pero de vez en cuando habría que seguir la línea recta, aunque en frente haya un charco del que no sabes la profundidad.

Qué cansado estoy de vivir en un mundo acolchado. Se supone que nada te puede pasar, ahora que tenemos cinturones de seguridad, air bags, controles de estabilidad, parches anti tabaco, parches adelgazantes, cerveza sin alcohol, sacarina, pan sin colesterol y rico en fibras, leche desnatada enriquecida con calcio y con isoflavonas y su puta madre, café descafeinado, te desteinado, mantequilla baja en calorías, nata sin grasa, condones de látex y cibersexo… Aunque todo eso me debería tranquilizar, yo lo único que siento es vértigo y un miedo atroz. Tengo miedo de dejar de sentir. Parece que todo el mundo ha decidido que lo más maravilloso de esta vida es no sentir nada. Y eso me da pavor. Tengo miedo de dejar de abrir la caja del diablo de vez en cuando.

Aunque solo sea para disfrutar de la caja cerrada.

jueves, 7 de junio de 2007

Inolvidable

Estaba colgando el móvil, después de despedirme de ella con un “venga, pues ahora nos vemos”. Y en ese preciso instante, Bebo mecía con su piano el lamento de El Cigala, que recitaba: “se me olvidó que te olvidé, a mí que nada se me olvida”.

Inolvidable.

martes, 5 de junio de 2007

crash

A veces resulta que los buenos pasamos a ser las peores personas. A veces los malos nos convertimos en héroes.

Unas veces seguimos nuestras ideas, correctas o erróneas, hasta límites insospechados. Otras veces seguimos repentinas corazonadas sin saber muy bien por qué; esa idea que súbitamente inunda nuestras cabezas sin un motivo concreto, esa idea que provocará un giro en nuestras vidas hacia la mayor de las felicidades o hacia la tristeza infinita. Hasta el orgullo pleno o los remordimientos más dolorosos.

Y todavía peor, algunas veces las mejores ideas nos conducen al más profundo de los fracasos, y los mayores errores nos salvan de por vida.

La cosa es así, no hay nada que esté demasiado claro con respecto al ser humano. No existe motivo alguno para confiar lo más mínimo en nosotros, y nada podrá evitar que, en algunas ocasiones, hagamos cosas extraordinarias.

Es por esto que no tenemos mucho que hacer. Dejemos que el destino siga su curso y, si acaso, si de verdad queremos hacer algo bueno, regalemos sonrisas. Eso es lo más que podemos hacer por los demás, ir por la vida regalando una sincera sonrisa a cuantos se crucen en nuestro camino. El resto no está en nuestras manos.

lunes, 4 de junio de 2007

Contigo

…y en aquel momento a los dos se les hizo un nudo en la garganta, al darse cuenta de que él, el mismísimo Sabina les estaba dando la razón. La letra de aquella canción tan preciosa venía a expresar todo lo que cada uno pensaba; aquello que no lograban hacer comprender al otro. Y los dos se miraron con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios que venía a decir: “¿lo ves? Sabina me está dando la razón a mí; ¿entiendes ahora lo que siento?" Entonces se dieron un leve beso y se abrazaron con todo el cariño del que perdona, del que siente que tiene razón y aun así redime al otro sin rencores, con la alegría que da la esperanza de que todo lo malo haya pasado. Los dos se sonaron la nariz, tragaron saliva y adoraron un poco más a Sabina, mientras él les ignoraba con su eterna sonrisa traviesa…

domingo, 3 de junio de 2007

Explicaciones

Estoy en el metro, de pie apoyado junto a la puerta por donde se baja la gente. Frente a mí, a la izquierda, está sentada una chica sudamericana, con el pelo moreno recogido en una coletita, más o menos de mi edad, y una mujer de unos cuarenta y tantos alta, delgada y con el pelo rubio rizado, no demasiado largo. Entre estas dos mujeres, un niño de unos 5 ó 6 años está arrodillado sobre el asiento. Es el hijo de la mujer rubia y de un señor que está sentado justo en frente, un poco más desarrapado que la madre y con aspecto de ser más mayor que ella. El padre mira atentamente la espalda del niño, por si acaso él se gira y le presta algo de atención, mientras el niño mira por la ventana, donde tan solo se ve la negrura del túnel del metro, y algún manojo de cables que oscila de arriba abajo al pasar del vagón. En las paradas, el niño mira atento a la gente del andén de en frente, o al otro vagón que también acaba de pararse mientras circula en sentido contrario o, cuando el túnel sirve para un único sentido, como ahora mismo, al revestimiento metálico que cubre las paredes, ese que está pintado de gris y tiene forma como de escamas con pequeñas ranuras haciendo rombos de aire negro. Y el tren vuelve a arrancar y el niño canturrea una canción, o repite palabras inconexas mientras sus ojos no consiguen centrar la visión en nada de lo que se ve corretear por la oscura ventana. Y cuando llegamos a la siguiente estación (creo que Alonso Martínez), el niño se encuentra el mismo revestimiento, justo al lado de su naricilla, y exclama:

-¡Otra vez…!

Entonces yo imagino qué explicación podrá encontrar el niño a esa repetición tan extraña: Hace un instante veía esa pared de ranuras, y el tren arrancó e hizo un recorrido para llegar a la misma pared. Tal vez el niño imagine que ha vuelto a llegar a la misma estación. Tal vez solo existe una estación a la que los trenes llegan siempre. Siempre salen y llegan a la misma estación. Entonces, la gente decide cuándo se baja porque, cada vez que el tren se va de la estación, cambian la calle a la que la estación va a parar. “esta vez han puesto la estación al lado de casa de los abuelos, así que nos toca bajarnos”; “la tercera vez que pasemos por la estación, la habrán puesto justo al lado de la casa de papá, donde vive con Carmen, la que siempre me da chuches; La tercera vez que paremos en la estación, papá me dará un beso y no volveré a verle en quince días”.

A lo mejor esa es la explicación más sencilla que un niño se puede dar ante algo tan extraño como esto. Mucho más lógico que dos estaciones seguidas con el mismo tipo de pared.

sábado, 2 de junio de 2007

momentos

Hay cosas que se hacen en la vida por supervivencia. Uno disfruta en mayor o menor medida de ellas, pero al final no son más que actividades necesarias. Uno trata de pasarlo bien mientras trabaja, mientras hace las cosas de casa, viendo la tele o, algunas veces, incluso comiendo de menú.

Hay cosas que se hacen en la vida para saber que estás vivo. Son aquellas que te demuestran que todo lo anterior tiene sentido, que hay un motivo por el que sobrevivir y aguantar todas aquellas actividades insulsas y tediosas que llenan nuestros días. Es muy importante ver estos momentos, los que le dan sentido a todo. Conseguir captarlos en el preciso momento en que están sucediendo, y no como un recuerdo de algo ya pasado. Ya habrá largo tiempo para recordarlos, pero creo que es vital que no pasen inadvertidos en el momento justo en el que están sucediendo.


El otro día metí el gol de desempate, jugando al futbolín con aquella chica que acababa de conocer y que iba a ser mi ligue de aquella noche (aunque luego no fue así; yo demasiado tímido y ella demasiado borracha). El momento en que el gol entró. Ella y yo éramos pura energía. La noche no podría haber empezado de otra manera. Todo era perfecto. Ya podría haber sido fútbol de verdad, y que en frente tuviéramos a Zidane y a Ronaldiño. Habríamos ganado igual. Y lo sentí en ese mismo instante: eres tú, niño. Esta noche la voy a pasar contigo. Muéstrame cómo eres, hazme reír esta noche. Aquella brutal energía entre ella y yo.


En el concierto de Moby reconocí in my heart en cuanto empezó a sonar. Para mí no era una canción demasiado destacable. Tan solo una más dentro de un disco, eso sí, más que alucinante. Como todo lo que crea Moby.

Pero cuando todo el mundo se puso a tararear… aquello fue demasiado. Las lágrimas eran casi incontenibles para mí. Miré a mi hermano tan solo para que viese mi cara. Pero él estaba ocupado enseñándole el brazo a su chica, con todos los pelos de punta. Aquello no podía dejar a nadie impasible. Un estribillo más. Los brazos al aire. Las palmas de las manos bien abiertas. Lo pude ver en aquel instante. Era perfecto.


Un gran amigo y yo camino de Portugal, hacia una de las mejores vacaciones que he pasado jamás. Salimos de Getafe buscando la carretera de Extremadura, con la emoción del inicio del viaje, de nuestras vacaciones en la playa. Busqué un disco que poner, de entre todos los que llevaba. Con dudas sobre si acertaría, escogí Temperamental, de Everything but the girl. En cuanto él escuchó los acordes de la primera canción, dijo algo así como “este es el disco perfecto para este momento”. Yo también me di cuenta.


En el concierto de the chemical brothers del pasado invierno. Todo el concierto fue brutal para mí, ya que es mi grupo favorito. Pero cuando empezó a sonar Hold Tight London… fue algo bastante extraño. Era la sensación de estar viviendo justo lo que había soñado durante tanto tiempo. Desde que compramos las entradas un montón de meses antes, yo ya imaginaba cómo sería el concierto, qué sentiría yo cuando sonaran las canciones más emotivas. Y entre ellas, la que más esa canción. Y ahí estaba. Evidentemente, no todo el concierto fue como yo había imaginado, pero con esa canción sí. Era exactamente eso. La espera había merecido la pena. Lo capté al instante. Era tan bonito...

Un regalo


No es la primera vez que regalo un blog, ya lo sabes. Pero creo que lo necesitas, tus palabras deben estar en más sitios: tienes un don, y debes compartirlo. Te he creado este mundo para ti, yo saldré de él en cuanto tú tomes el mando. Disfrútalo y que seas muy feliz aquí.


Muak


H