lunes, 9 de julio de 2007

En la ciudad

Lo que más reconocía eran los silencios. No oír nada, no decir nada, porque todo lo que estaba pasando era interior, todo estaba en la cabeza. Escenas calmadas, con personajes tranquilos. Aparentemente tranquilos, porque dentro de sus cuerpos había una tormenta continua. Una jodida montaña rusa que no terminaba de ser tan emocionante como aterradora, desesperante. Porque no terminaba.

También reconocía las miradas. Tus ojos vigilan como se termina de cerrar el frasco de desodorante. Calculas con cuidado la separación entre tus dedos y el cuchillo que pica la cebolla. Prestas una completa atención al recorrido de la esponja por todo tu cuerpo. Y sin embargo no ves nada. Hay días en que sales de casa y no recuerdas ni un solo instante de la ducha que acabas de tomar. Tu panza demuestra que has comido algo, y los cacharros te dicen que has estado trasteando en la cocina. Pero no recuerdas nada. Mientras tú hacías todas esas cosas, tu cabeza ha estado viajando a doscientos por hora a través de tantas cosas. Millones de paranoias que no deberán salir jamás de tu cabeza, y que en realidad son tu vida. Porque en realidad no tienes otra vida. Si eliminas todas esas miserias, te queda un frasco de desodorante, un cuchillo y una esponja.

Entonces se sintió como uno de los personajes de la película. Había pasado a llamarles personajes desechables. Aparecen en ciertas secuencias, pero no llegas a conocerles demasiado. No conviene, porque al final no forman parte de la historia, sino que son comodines para otras historias más importantes, y nadie debería preocuparse de si ese personaje es o no feliz, de si le rechazan cruelmente o le abandonan sin mayores miramientos. El objetivo no es que te preocupes por ellos, sino que completen la vida de otro personaje, el personaje principal. Un personaje que, curiosamente, tiene una vida tan llena que está a punto de reventar. Mientras que el personaje desechable tiene abismos oscuros que a nadie preocupan.

El tío se encontraba con ella en la cafetería a la hora del desayuno. La invitaba a ir a la ópera un día cualquiera y ella le decía que no. Que no porque no. No se esforzaba mucho más en dar cualquier tipo de excusa: ella estaba ocupada siempre; no iba a tener tiempo para quedar con él nunca. En realidad pensaba que eso era algo que, al fin y al cabo, la terminaba honrando: lo de las excusas es aun más doloroso.

¿Cuánto tiempo tenía que estar bajo la ducha para limpiar lo podrido que estaba por dentro? ¿Cuántas veces debía pasarse la esponja por todo su cuerpo?

Como pensamiento positivo, recordó que al final ella sí que accedía a ir con él a la ópera. De hecho empezaban a salir, y él incluso estaba a punto de presentarle a su hermano.

Para que siguiese siendo un pensamiento positivo, prefirió no recordar cómo seguía la película.

Entonces hizo que sus ojos se dirijiesen hacia la pantalla de la tele.

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