Hacía ya un rato que habían terminado de hacer el amor. Él estaba tumbado en la cama y casi había conseguido recuperar la respiración. Ella yacía a su lado boca arriba, totalmente relajada y a punto de caer dormida. Estaba a su derecha, aunque después, otras tantas veces, hubieran dormido al revés. Así dormían ella y él.
Entonces él se lo dijo. En realidad no quería que ella lo oyese, tan solo necesitaba decirlo, sacarlo de su garganta. Y estaba casi seguro de que ella dormía ya, así que lo dijo. Lo cierto es que no se atrevía a hacerlo porque pensaba que no era el momento adecuado, que era demasiado pronto todavía. Pero ella dormía y él necesitaba decirlo:
-Te quiero.
Es posible que ella sí estuviese dormida y que fuesen sus palabras las que la despertaron, aunque él habló bastante bajito. Pero ella estaba allí, tumbada a su lado, tan cerca, tan relajada. Entonces aquellas palabras flotaron tan solo un instante más por el aire hasta que se desvanecieron totalmente entre los rincones más oscuros y la habitación pasó a quedar totalmente en calma. Ni tan siquiera se oían sus respiraciones. Así que él se quedó inmóvil, tranquilo, tan solo escuchando todo aquel silencio y notando como poco a poco el sueño le vencía y quedaba en paz, satisfecho, feliz. Entonces, ya casi entre sueños, justo un instante antes de dormirse del todo, escuchó la voz de ella, suave, quebrada, dulce, susurrante:
-Te quiero.
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