Estoy en el metro, de pie apoyado junto a la puerta por donde se baja la gente. Frente a mí, a la izquierda, está sentada una chica sudamericana, con el pelo moreno recogido en una coletita, más o menos de mi edad, y una mujer de unos cuarenta y tantos alta, delgada y con el pelo rubio rizado, no demasiado largo. Entre estas dos mujeres, un niño de unos 5 ó 6 años está arrodillado sobre el asiento. Es el hijo de la mujer rubia y de un señor que está sentado justo en frente, un poco más desarrapado que la madre y con aspecto de ser más mayor que ella. El padre mira atentamente la espalda del niño, por si acaso él se gira y le presta algo de atención, mientras el niño mira por la ventana, donde tan solo se ve la negrura del túnel del metro, y algún manojo de cables que oscila de arriba abajo al pasar del vagón. En las paradas, el niño mira atento a la gente del andén de en frente, o al otro vagón que también acaba de pararse mientras circula en sentido contrario o, cuando el túnel sirve para un único sentido, como ahora mismo, al revestimiento metálico que cubre las paredes, ese que está pintado de gris y tiene forma como de escamas con pequeñas ranuras haciendo rombos de aire negro. Y el tren vuelve a arrancar y el niño canturrea una canción, o repite palabras inconexas mientras sus ojos no consiguen centrar la visión en nada de lo que se ve corretear por la oscura ventana. Y cuando llegamos a la siguiente estación (creo que Alonso Martínez), el niño se encuentra el mismo revestimiento, justo al lado de su naricilla, y exclama:
-¡Otra vez…!
Entonces yo imagino qué explicación podrá encontrar el niño a esa repetición tan extraña: Hace un instante veía esa pared de ranuras, y el tren arrancó e hizo un recorrido para llegar a la misma pared. Tal vez el niño imagine que ha vuelto a llegar a la misma estación. Tal vez solo existe una estación a la que los trenes llegan siempre. Siempre salen y llegan a la misma estación. Entonces, la gente decide cuándo se baja porque, cada vez que el tren se va de la estación, cambian la calle a la que la estación va a parar. “esta vez han puesto la estación al lado de casa de los abuelos, así que nos toca bajarnos”; “la tercera vez que pasemos por la estación, la habrán puesto justo al lado de la casa de papá, donde vive con Carmen, la que siempre me da chuches; La tercera vez que paremos en la estación, papá me dará un beso y no volveré a verle en quince días”.
A lo mejor esa es la explicación más sencilla que un niño se puede dar ante algo tan extraño como esto. Mucho más lógico que dos estaciones seguidas con el mismo tipo de pared.
1 comentario:
Hoy le he contado esa historia tan bonita a mi madre...
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