viernes, 14 de diciembre de 2007

Traffic


La sociedad en la que vivimos prospera cada día más. Cada día somos capaces de producir más, de tener más beneficios y avanzar más deprisa, especialmente en términos de macroeconomía. Sin embargo, tanta velocidad hace que no podamos dedicarnos a ciertas cosas, algunas las dejamos en el tintero, o tiramos torpemente de ellas, en lugar de preocuparnos de que evolucionen de igual manera que todo lo material, que tanto nos atrae. No parece que la calidad de vida, el bienestar, vaya tan rápido como el vil metal. Ciertas cosas no parece que ni tan siquiera se mantengan como siempre.

Este sistema tan veloz ignora ciertas necesidades que al final nos resultan básicas como seres humanos. Como seres con un alma, diría más bien. Como por ejemplo, la educación de nuestros hijos.

La sociedad que hemos creado exprime tanto nuestro tiempo, que no reserva casi nada para esa labor que tanto necesita de la calma. Tan solo dispone parches que se supone que deben ser equiparables. Un colegio lleno de actividades, en las que los niños forman una masa que impide adivinar al individuo. Un libro lleno de frases modélicas y una película sin demasiada violencia. Todo eso debe ahora suplir a un padre hablando con su hijo. Pero no es así, esos parches no funcionan.

Se necesita ir muy despacio para poder hablar con los niños o los jóvenes, para educar a tu hijo de tal manera que se comunique contigo, para que te hable y te pregunte cosas. Para escucharle, para saber encontrar las preguntas dentro de sus confusas cabecitas. Para hacerlo de una manera armoniosa, sin forzar nada, naturalmente. Pero no hay tiempo.

Esta sociedad deja unos vacíos que están destrozando al individuo. No hay figuras paternales, porque no hay suficiente tiempo, y los niños pasan cada día de unas manos a otras, como una carga más que como una persona, o como un proyecto de persona. Diría también que no hay patrones de conducta, pero me temo que sí los hay; los de competir, luchar a muerte por ser el que más en todo. No se puede ser segundo, el segundo es el primer fracasado.

Los padres, por un lado, no llegan más que a reunir y mezclar unos ingredientes que se suponen que deben ser la educación de sus hijos. Pero sin tiempo para saber cuales de esos ingredientes son buenos o malos; sin libros de recetas ni toques maestros. Y esperan que, al meterlo todo en un microondas (no hay tiempo para pucheros a fuego lento), les salga un hijo más o menos centrado, más o menos coherente y feliz. Pero nadie sabe lo que va a salir de ese potingue, y los que menos, por supuesto, los padres. Ellos con todo su cariño, con toda su pasión paternal, al final no pueden más que trabajar con ingredientes precocinados que, en el mejor de los casos, crearán un plato con un monótono regusto a avecrem. Con un poco de suerte, a lo mejor llegan a crear una nueva pieza útil para esta absurda máquina que es nuestra sociedad. En fin, es muy probable que los padres ni siquiera asistan al resultado final. Llegará un día en que, de repente, los padres no reconozcan a esa persona que lleva tanto tiempo creciendo a su lado. Que levanten la mano los padres que conozcan realmente a sus hijos. Es muy probable que cada mano alzada esté sostenida por un iluso.

Por otro lado, los hijos. Sin brújula, sin objetivos y con millones de dudas que nadie responde. Porque, a medida que creces, te das cuenta de que nada tiene sentido. No sabes por qué tienes que hacer esto o aquello, no entiendes tanta incongruencia, tanta contradicción. ¿Para qué correr tanto? ¿Hay alguna meta al final? ¿Llega un momento en que puedas disfrutar de lo que eres, de lo que has trabajado para convertirte en una persona? Probablemente no. ¿Entonces, para qué ir tan deprisa? ¿No valdrá más la pena detenerse un poco a disfrutar del camino? Pero no, no se puede parar. Si esta sociedad tuviese algún sentido, si nos pudiésemos sentir orgullosos de nuestra forma de vivir. Pero no es así, y cuando empezamos a adivinarlo las dudas crecen, y nadie contesta nada, y cada vez te desanimas más. No hay respuestas.

Hasta que, de repente, aparecen respuestas por todos lados. Muchos, muchísimos sistemas para encontrar respuestas rápidas, sencillas, completas, congruentes. No veas si tienen respuestas las drogas. Yo solo frecuento los canutos, y creo haber visto la realidad absoluta tantas veces… Joder, que si tienen respuestas. Cuando eres joven necesitas tanto las drogas como las respuestas, porque unas son las únicas que disponen de las otras. Y, al fin y al cabo, ves a todo el mundo drogándose. Todo el mundo, todos los modelos en que se fijan los jóvenes lo hacen. ¿Cuántos padres, cuántos famosos, cuantos iconos hay en nuestras vidas que, como poco, fumen, beban, tomen café, que se pongan de Prozac o Valium? ¿Todos? La diferencia entre todas esas drogas y las que les llegan a los jóvenes está en la gravedad, en la cantidad. Es una cuestión de “cuánto”, de en qué grado les va a afectar. Y para empezar, esa diferencia ya es delicada y conflictiva (drogas duras o blandas, legales o ilegales… ¿dónde está la frontera?) Y para seguir, los niños o los jóvenes no entienden eso. No entienden de grados, de niveles, de dónde tienen que parar (Joder, no lo entienden ni los mayores). Sin tener ni idea de eso, ya han empezado. Ya están dentro.

¿Y ahora qué hacemos? ¿A quién culpamos? ¿A los padres? ¿A los productores? ¿A los traficantes? ¿A la policía? Ahora ya no culpes a nadie, por favor. Encima no seamos hipócritas. No nos va a servir de nada. Ahora ya no hay nada que hacer.

Respondamos las preguntas de nuestros hijos, aprendamos a hablar con ellos, con paciencia. Que nunca dejen de preguntarnos por qué, que no se nos acabe el tiempo ni la paciencia para contestarles. Que no tengan que buscar las respuestas rápidas.

Tanta evolución, tanta prosperidad, tanta velocidad nos está matando. Nuestra evolución no es más que nuestra autodestrucción. Cambiemos nuestra sociedad. Cambiémonos a nosotros mismos, debemos tener tiempo para cuidarnos. Para cuidar de nuestros hijos.

Si tengo que elegir, me quedo con el personaje de Benicio del Toro en Traffic, viendo el partido de béisbol de unos críos. A lo mejor, para su personaje, ese deporte es algo tradicional, a lo que siempre se ha jugado en sus calles, como aquí se juega al fútbol. Pero yo prefiero mi punto de vista. El béisbol es muy lento, muy aburrido para verlo. Tiene un tempo muy peculiar, con muchas pausas, sin un reloj que se mueva.

Y ahí está él, el tipo más duro de todo Nuevo Méjico. En las gradas como uno más, simplemente viéndoles crecer. Eso es justo lo que ellos necesitan. Sin prisas.

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