martes, 17 de julio de 2007

Alucinación

Caminaba por la Gran Vía un sábado al atardecer, sobre las 20:30 en el mes de mayo, cuando los días eran eternos y todavía había bastante claridad. La acera estaba atestada de gente: muchos que terminaban sus compras, muchos inmigrantes paseando, muchos jóvenes que habían quedado para salir, gente que iba al cine o a cenar, chulos, modernillos, guaperas, putas, turistas extranjeros…

Él caminaba un poco aturdido porque acababa de salir de casa de una amiga, de una situación totalmente tranquila a, de repente, toda esa marabunta de gente a su alrededor. Además, iba bastante fumado, y todo lo que veía le resultaba muy intrigante, alucinante, divertido. Así que se despreocupó un poco por ese aturdimiento, y se dedicó a disfrutar del efecto de los canutos, mirándolo todo y dejando que sus pensamientos fluyesen a partir de lo que veía.

Antes de llegar a la boca del metro había un paso de cebra. Mientras la masa de personas apenas había cruzado la mitad de la calzada, un anciano se adelantaba a todos ellos, deslizándose disparado con sus patines. Vestía unos pantalones de pinza grises, una camisa azul de manga corta y una gorra como la de un carpintero trabajando en su taller. Esa vestimenta y unos patines en línea negros con los que, al llegar a la acera, dio un hábil giro y se quedó mirando al resto de gente que cruzaba la calle. A continuación, el señor volvió la cabeza para seguir deslizándose en dirección a Callao, antes de pasar justo a su lado.

Un señor tan mayor patinando por la calle, y con esa pinta… En fin, estaba en la Gran Vía y por allí seguro que eso no era lo más extraño que se había visto. Pero no, en realidad no había explicación lógica para que un ancianito hubiese decidido lanzarse al mundo del patinaje callejero… Estaba viendo algo raro.

¿Lo estaba viendo?

De repente, el torrente de personas que caminaba junto a él por la acera se entrelazó caóticamente con los que ya terminaban de cruzar la calle. Entonces ya no quedaba más que una amalgama de personas donde hace tan solo un instante él fijaba la vista en un señor muy raro. Acaso tan raro que no hubiese existido nunca más que en su propia cabeza. Si en ese instante hubiese intentado volver a verle, habría sido imposible con tanta gente. Si hubiese preguntado a cualquiera de los que le rodeaban, tal vez nadie le habría visto. Quizás solo él. A lo mejor solo le había visto él. A lo mejor cuando fumaba porros y se bajaba a pasear por la Gran Vía, a lo mejor cuando conseguía relajarse y disfrutar de los porros, su alucinación consistía en ancianos deslizándose gráciles con sus patines en línea…

lunes, 9 de julio de 2007

una noche en el infierno

Parte del set de una noche cualquiera en la Razzmatazz:

Ramones

Los Planetas: Cumpleaños total

CSS

Pearl Jam

Dorian: A cualquier otra parte

Daft punk: versión increible de Around the world

Depeche Mode: versión increíble de Jhonny Revelator

Blur: Boys and girls

Tv on the radio: Wolf like me

Cierre de la sesión con The Pinker Tones y su Sonido Total (“sonidooo en el espacio, silencio en mi cabeza, rugido intergaláctico…”)

Una noche sencillamente increíble.

El final desde el principio

Hacía ya un rato que habían terminado de hacer el amor. Él estaba tumbado en la cama y casi había conseguido recuperar la respiración. Ella yacía a su lado boca arriba, totalmente relajada y a punto de caer dormida. Estaba a su derecha, aunque después, otras tantas veces, hubieran dormido al revés. Así dormían ella y él.

Entonces él se lo dijo. En realidad no quería que ella lo oyese, tan solo necesitaba decirlo, sacarlo de su garganta. Y estaba casi seguro de que ella dormía ya, así que lo dijo. Lo cierto es que no se atrevía a hacerlo porque pensaba que no era el momento adecuado, que era demasiado pronto todavía. Pero ella dormía y él necesitaba decirlo:

-Te quiero.

Es posible que ella sí estuviese dormida y que fuesen sus palabras las que la despertaron, aunque él habló bastante bajito. Pero ella estaba allí, tumbada a su lado, tan cerca, tan relajada. Entonces aquellas palabras flotaron tan solo un instante más por el aire hasta que se desvanecieron totalmente entre los rincones más oscuros y la habitación pasó a quedar totalmente en calma. Ni tan siquiera se oían sus respiraciones. Así que él se quedó inmóvil, tranquilo, tan solo escuchando todo aquel silencio y notando como poco a poco el sueño le vencía y quedaba en paz, satisfecho, feliz. Entonces, ya casi entre sueños, justo un instante antes de dormirse del todo, escuchó la voz de ella, suave, quebrada, dulce, susurrante:

-Te quiero.

En la ciudad

Lo que más reconocía eran los silencios. No oír nada, no decir nada, porque todo lo que estaba pasando era interior, todo estaba en la cabeza. Escenas calmadas, con personajes tranquilos. Aparentemente tranquilos, porque dentro de sus cuerpos había una tormenta continua. Una jodida montaña rusa que no terminaba de ser tan emocionante como aterradora, desesperante. Porque no terminaba.

También reconocía las miradas. Tus ojos vigilan como se termina de cerrar el frasco de desodorante. Calculas con cuidado la separación entre tus dedos y el cuchillo que pica la cebolla. Prestas una completa atención al recorrido de la esponja por todo tu cuerpo. Y sin embargo no ves nada. Hay días en que sales de casa y no recuerdas ni un solo instante de la ducha que acabas de tomar. Tu panza demuestra que has comido algo, y los cacharros te dicen que has estado trasteando en la cocina. Pero no recuerdas nada. Mientras tú hacías todas esas cosas, tu cabeza ha estado viajando a doscientos por hora a través de tantas cosas. Millones de paranoias que no deberán salir jamás de tu cabeza, y que en realidad son tu vida. Porque en realidad no tienes otra vida. Si eliminas todas esas miserias, te queda un frasco de desodorante, un cuchillo y una esponja.

Entonces se sintió como uno de los personajes de la película. Había pasado a llamarles personajes desechables. Aparecen en ciertas secuencias, pero no llegas a conocerles demasiado. No conviene, porque al final no forman parte de la historia, sino que son comodines para otras historias más importantes, y nadie debería preocuparse de si ese personaje es o no feliz, de si le rechazan cruelmente o le abandonan sin mayores miramientos. El objetivo no es que te preocupes por ellos, sino que completen la vida de otro personaje, el personaje principal. Un personaje que, curiosamente, tiene una vida tan llena que está a punto de reventar. Mientras que el personaje desechable tiene abismos oscuros que a nadie preocupan.

El tío se encontraba con ella en la cafetería a la hora del desayuno. La invitaba a ir a la ópera un día cualquiera y ella le decía que no. Que no porque no. No se esforzaba mucho más en dar cualquier tipo de excusa: ella estaba ocupada siempre; no iba a tener tiempo para quedar con él nunca. En realidad pensaba que eso era algo que, al fin y al cabo, la terminaba honrando: lo de las excusas es aun más doloroso.

¿Cuánto tiempo tenía que estar bajo la ducha para limpiar lo podrido que estaba por dentro? ¿Cuántas veces debía pasarse la esponja por todo su cuerpo?

Como pensamiento positivo, recordó que al final ella sí que accedía a ir con él a la ópera. De hecho empezaban a salir, y él incluso estaba a punto de presentarle a su hermano.

Para que siguiese siendo un pensamiento positivo, prefirió no recordar cómo seguía la película.

Entonces hizo que sus ojos se dirijiesen hacia la pantalla de la tele.