Caminaba por la Gran Vía un sábado al atardecer, sobre las 20:30 en el mes de mayo, cuando los días eran eternos y todavía había bastante claridad. La acera estaba atestada de gente: muchos que terminaban sus compras, muchos inmigrantes paseando, muchos jóvenes que habían quedado para salir, gente que iba al cine o a cenar, chulos, modernillos, guaperas, putas, turistas extranjeros… Él caminaba un poco aturdido porque acababa de salir de casa de una amiga, de una situación totalmente tranquila a, de repente, toda esa marabunta de gente a su alrededor. Además, iba bastante fumado, y todo lo que veía le resultaba muy intrigante, alucinante, divertido. Así que se despreocupó un poco por ese aturdimiento, y se dedicó a disfrutar del efecto de los canutos, mirándolo todo y dejando que sus pensamientos fluyesen a partir de lo que veía.
Antes de llegar a la boca del metro había un paso de cebra. Mientras la masa de personas apenas había cruzado la mitad de la calzada, un anciano se adelantaba a todos ellos, deslizándose disparado con sus patines. Vestía unos pantalones de pinza grises, una camisa azul de manga corta y una gorra como la de un carpintero trabajando en su taller. Esa vestimenta y unos patines en línea negros con los que, al llegar a la acera, dio un hábil giro y se quedó mirando al resto de gente que cruzaba la calle. A continuación, el señor volvió la cabeza para seguir deslizándose en dirección a Callao, antes de pasar justo a su lado.
Un señor tan mayor patinando por la calle, y con esa pinta… En fin, estaba en la Gran Vía y por allí seguro que eso no era lo más extraño que se había visto. Pero no, en realidad no había explicación lógica para que un ancianito hubiese decidido lanzarse al mundo del patinaje callejero… Estaba viendo algo raro.
¿Lo estaba viendo?
De repente, el torrente de personas que caminaba junto a él por la acera se entrelazó caóticamente con los que ya terminaban de cruzar la calle. Entonces ya no quedaba más que una amalgama de personas donde hace tan solo un instante él fijaba la vista en un señor muy raro. Acaso tan raro que no hubiese existido nunca más que en su propia cabeza. Si en ese instante hubiese intentado volver a verle, habría sido imposible con tanta gente. Si hubiese preguntado a cualquiera de los que le rodeaban, tal vez nadie le habría visto. Quizás solo él. A lo mejor solo le había visto él. A lo mejor cuando fumaba porros y se bajaba a pasear por la Gran Vía, a lo mejor cuando conseguía relajarse y disfrutar de los porros, su alucinación consistía en ancianos deslizándose gráciles con sus patines en línea…


